Uno de los lugares más emblemáticos de Roma es la Piazza di Spagna, un popular punto de encuentro tanto para romanos como para visitantes. Se conoce con este nombre desde el siglo XVII cuando la embajada española se instaló en el Palacio Monaldeschi. Desde su amplia base nace una elegante escalinata de travertino creada en 1725 que asciende hasta lo alto de este céntrico lugar presidido por la iglesia de la Trinità dei Monti, un templo de estilo gótico finalizado en 1519, y el mejor mirador sobre este animado enclave lleno de cafés con terrazas y encajado entre callejuelas y plazas históricas con restaurantes. La Piazza di Trevi, en el barrio del Quirinal, es otro enclave ineludible en toda visita a Roma. Está dominada por la famosa Fontana, un magnífico conjunto escultórico barroco creado en el siglo XVIII donde sobresalen de la roca las esculturas del dios Océano y dos tritones. En este rincón, inmortalizado por películas clásicas como La Dolce Vita (1960), todo visitante cumple con la tradición de arrojar una moneda para regresar a Roma, o dos si lo que se desea es encontrar el amor. En un lateral vale la pena acercarse a la llamada Galería Sciarra, un pasaje peatonal de la Vía Minghetti, que es un ejemplo de arquitectura urbana y artes decorativas del siglo XIX. La Navona es otra plaza imprescindible. Su forma alargada delata la antigua condición de arena de un estadio del Imperio romano. En época medieval acogía el mercado diario y entre los siglos XVI y XVII fue embellecida con las tres fuentes monumentales de Neptuno, de los Cuatro Ríos y del Moro. La plaza es famosa por sus heladerías y cafés que rebosan de gente, especialmente al atardecer y por las noches. También merece un paseo el encantador Campo dei Fiori, un pequeño espacio que desde 1869 acoge cada mañana un mercado al aire libre, y un buen inicio de cualquier jornada en Roma; de noche el protagonismo se lo llevan las trattorias cercanas con su suculenta oferta de platos típicos.
Por último, la plaza de San Pedro del Vaticano. Temprano por la mañana o ya entrada la noche, se puede disfrutar casi en soledad de la obra de algunos de los grandes maestros del Renacimiento y del Barroco. Para empezar, la imponente columnata que abraza la plaza de San Pedro, creada por Gian Lorenzo Bernini, autor también de gran parte de la decoración interior de la basílica cuya inmensa cúpula, visible desde casi toda Roma, se debe al genio de Miguel Ángel Buonarroti.
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